Juramento previo de las Cortes de Cádiz en la Iglesia Mayor Parroquial de San Fernando el 24 de septiembre de 1810, frente a los poderes del Antiguo Régimen. Óleo sobre lienzo de José Casado del Alisal (1863), Congreso de los Diputados de Madrid. (Fuente: Wikipedia).

Una vez más se celebra en marzo con toda solemnidad el aniversario de la Constitución de Cádiz («La Pepa») al considerarse como el hito de nuestro pasado que demuestra nuestro gusto por la Democracia.

Pero a poco que profundicemos en La Pepa descubriremos que usarla como referente para enarbolar nuestro anhelo por la autogestión como pueblo queda algo forzado.

La Constitución de Cádiz, aunque pueda parecerlo por cómo nos lo han contando, sólo fue un desesperado mecanismo de defensa del Antiguo Régimen para evitar que las ideas ilustradas francesas se colaran en territorio patrio.

Floridablanca (a quien el prestigioso diario francés Nouvelles Politiques criticó haber sido incapaz de comandar un frente absolutista para defender a Luis XVI de los revolucionarios franceses) afirmaba un poco antes bastante acojonado “El incendio de Francia va creciendo y puede propagarse como la peste…”. Y el embajador español en París, conde de Fernán Nuñez, sentenciaba: ”Aquí no queremos ni tanta luz, ni sus consecuencias”.

La élite dirigente hispana no parecía muy amiga de modernidades (nunca lo ha sido) pero no lograron evitar “el contagio” y, en 1789, ya circulaba por el país de forma ilegal la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y, en 1792, se podía leer en español la Constitución francesa y acceder «A la nación española», de Marchena (se les colaron cinco mil ejemplares) y «Aviso a los españoles», de Condorcet (seis mil).

Así que cuando Napoleón se hizo cargo de España, con la entrega del trono por Carlos IV y Fernando VII[1], los incondicionales del inmovilismo tan típico de aquí (el obispo de Orense, Francisco Saavedra y los tres generales fieles al Antiguo Régimen -Castaño, Escaño y Lardizábal-) acabaron articulando un ardid legislativo que les permitiera recuperar todo su absoluto poder cuando largaran a los franceses vinculando la peligrosa Ilustración con los «enemigos de España».

Evidentemente, esto debía hacerse dando una falsa apariencia de “modernidad” en las estructuras políticas que trataban de venderse para contentar a un pueblo que era el que, en definitiva, iba a poner los muertos y unos ingleses, grandes defensores del parlamentarismo desde la época de Cronwell, que apoyaban sin miramientos la insurrección antifrancesa española.

Y muy astutamente escribieron una Constitución (más bien una Carta Otorgada, al no estar redactada por ninguna asamblea ciudadana como la actual de 1978), en Cádiz[2], al calor de unos ingleses que por aquel entonces ya dominaban cómodamente desde Gibraltar el sur de la Península y que veían con buenos ojos cualquier intento por contener el poderío francés.

Y La Pepa acabó redactada por la oligarquía española y con un falso cuerpo legislativo de corte democrático e ilustrado que contradecía las ideas presentes en los fieles depositarios de la regencia vacante (Floridablanca, Jovellanos…): decía que se implantaba la soberanía nacional con división de poderes al más puro estilo montesquieuano, ofrecía la libertad de prensa, la igualdad de todos ante la Ley, la abolición de las instituciones del Antiguo Régimen (señoríos, vasallaje y mayorazgos), desaparición del Santo Oficio, libertad de comercio… todo poco creíble pero necesario para callar al pueblo.

Pero La Pepa era una pantomima con otros objetivos: mantener el privilegio de los de siempre. Cualquier cosa valía para dejarlo todo «atado y bien atado» hasta que llegara «El Deseado» y pusiera las cosas en su sitio. Nótese el paralelismo con la actual.

Ni siquiera se molestaron en guardar las formas en el momento de su solemne proclamación. De hecho, a los convocados el 24 de septiembre de 1810 para jurarla (véase imagen), se les obligó a aceptar el cargo previa exaltación de las supuestas maravillas de la Santísima Trinidad y posterior canturreo del Veni creator y Te Deum, algo muy poco ilustrado como se observa.

El juramento se hizo ante el arzobispo de Toledo quien preguntaba a los interfectos:

¿Juráis la santa religión católica y apostólica, romana sin admitir otra alguna en estos reinos?

¿Juráis conservar a nuestro amado soberano, señor don Fernando VII, todos los dominios, y en su defecto, a sus legítimos sucesores, y hacer cuantos esfuerzos sean posibles para sacarle del cautiverio y colocarle en el trono?

Si así lo hiciereis, Dios os lo premie, y si no, os lo demande

El objetivo, como delataba el texto del juramento, era recuperar el absolutismo encarnado en el futuro rey Fernando VII, no una Democracia parlamentaria en manos del pueblo.

Para fortuna de los avispados inmovilistas ideólogos de «la trampa», Napoleón caía estrepitosamente en Rusia viéndose obligado a entregar el trono al impresentable de Fernando (Tratado de Valençay, 11 de diciembre de 1813) frenándose en seco, así, la ocupación francesa en territorio español aunque luego se manipulara el hecho dejando en los libros de Historia oficialista lo que ya todos sabemos: que el pueblo luchó y venció al odioso enemigo extranjero.

Y Fernando VII, cuando puso sus ilustres posaderas en el trono español, no tardó en desbaratar La Pepa. Para él y sus acólitos…

“La monarquía absoluta es una obra de la razón y de la inteligencia… …y fue establecida por derecho de conquista o por la sumisión voluntaria de los primeros que eligieron a sus reyes» (Manifiesto de Los Persas, 12 de abril de 1814).

Logrado el apoyo de diversas capitanías generales durante el viaje de regreso (Palafox…), el rey fue recibido en Madrid al increíble grito de “¡Viva el Rey Absoluto!” y, lo que es más triste, un “¡Vivan las cadenas!” con el que se le obsequió durante su augusto paseo por las calles de la Villa para satisfacción de los eternos oligarcas.

La Pepa había cumplido su objetivo. Había movilizado al pueblo contra los “heréticos e ilustrados” franceses (los perroflautas de la época) y permitía a Fernando hacerse con el trono mediante una hábil estrategia pergeñada por miembros del Antiguo Régimen para garantizar, a perpetuidad, el absolutismo en España.

Un mes más tarde, y con media sonrisa en los labios de los instigadores de la “primera Constitución española”, Fernando VII la autoinmolaba, con el beneplácito de la vieja guardia con el famoso Decreto del 4 de mayo…

“…declaro que mi real ánimo es no solamente no jurar ni acceder a dicha ‘Constitucion’ ni a decreto alguno de las ‘Cortes generales y extraordinarias’… sino el declarar aquella ‘constitución’ y tales ‘decretos’ nulos y de ningún valor y efecto… …como si no hubiesen pasado jamás tales actos.”

Los padres de la Constitución (perdón, de la Carta Otorgada) de 1978 cumplieron exactamente el mismo papel al igual que lo hicieron sus antecesores en 1812. Y, en ambos casos, la «vieja guardia» se limitó a dar el visto bueno a la operación de maquillaje que dejaba intacto todo su poder.

Leyendo así este episodio de nuestra querida Historia de España quizá debamos replantearnos la idea de enarbolar a La Pepa como hito histórico de nuestro ancestral gusto por la Democracia.

Quizás, simplemente, no exista en nuestro país el menor referente al modelo democrático como sistema articulador de la sociedad y, quizás, lo que hayan querido recuperar para justificar nuestro ancestral constitucionalismo no sea más que la hábil manipulación de unos avispados mandamases que redactaron «una Pepa» para garantizar el control del Estado a los de siempre con aviesa y sibilina astucia… …que de eso sí sabemos un rato.

Desde luego la Pepa fue un referente, pero no por lo que cuentan.

(Extraído del libro “Historia de España para adultos”, Bubok, 2010, de José Luis Domínguez)

[1] El “rey borrón” de nuestra Historia, según Espronceda.

[2] Aunque antes se intentó poner en marcha en Aranjuez y Sevilla sólo en Cádiz se logró la estabilidad necesaria por la presencia del Ejército inglés en sus aguas. Wellington, militar en activo por aquel entonces en estas tierras, escribía a su hermano “Tiemblo cuando reflexiono sobre la enormidad de la tarea que emprendí… …sin asistencia de ningún tipo de los españoles”.

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