La Verdad científica y el Sistema Educativo español

La Verdad científica sabe que el insulto adolescente, el pasotismo, es “un grito”, un “mensaje”, una respuesta propia de la edad que debe ser gestionada como tal por un educador, no por un segurata.

La Verdad científica sabe que el mensaje llega al receptor después de establecer un vínculo emocional con el emisor. Si el vínculo es bueno, el mensaje llega. Si el vínculo es de rechazo, el mensaje no llega.

La Verdad científica conoce la proyección de complejos personales del docente sobre sus alumnos.

La Verdad científica sabe qué aptitudes debe tener un buen educador. Sabe dónde buscar buenos educadores y sabe quiénes no sirven para educar.

La Verdad científica sabe que la estructura educativa (pública centralizada o privada descentralizada) no tiene ninguna trascendencia sobre el resultado final de la calidad educativa como se demuestra en España donde los datos entre lo público, lo concertado y lo privado no cambia. Son todos igual de malos situándonos en la cola en los informes PISA y de la OCDE.

La Verdad científica sabe mucho sobre Educación. Y tiene los instrumentos adecuados para cambiar a mejor los pésimos resultados educativos actuales.

La Verdad científica está en la bibliografía académica de carreras tan ilustres como Psicología, Pedagogía o Educación.

Pero la Verdad científica está amordazada, mutilada, cercenada por muchos grupos de presión todos ellos interesados en su verdad, no en la verdad objetiva.

Está la izquierda pulsional, no racional, enarbolando la Educación pública como espacio reivindicador de su propia homegeneización aunque la Verdad científica diga que la Educación no puede ser igualitaria para todos, que debe ser diversa y plural, adaptada a las características del educando y pensando solo en él.

Está la derecha crematística pidiendo su espacio para montar negocios empresariales y cediendo a Darwin, y a su salvaje selección natural, la capacidad de adaptación de los jóvenes.

Están los partidos, todos, defendiendo sus ideas a base de improperios y descalificaciones hacia el otro y que, una vez llegan al poder, imponen su modelo bajo amenazas y no mediante el consenso.

Y, en medio, padres y alumnos. Los consumidores finales del servicio. Los que te dicen “este año hemos tenido suerte con el profe” porque el Sistema Educativo ya lo dan por perdido. A los que no se les pide perdón si el servicio no ha sido el adecuado.

A éstos no se les consulta nada.

Cuando algunas ampas me han llamado para dar charlas en institutos les ha sorprendido que yo, como docente, les dé la razón. No se lo esperan. Esperan corporativismo, gremialismo, defensa a ultranza del enseñante. Sin autocrítica.

Cuando en clase hablo con mis nuevos alumnos y me cuentan las desagradables experiencias que han vivido en otros institutos y les doy la razón se quedan asombrados. Nunca ningún profesor les había dicho que llevaban razón… que no se puede insultar ni menospreciar a los alumnos, que no se puede transmitir conocimiento blandiendo el Reglamento de Régimen Interior continuamente sobre sus cabezas, que no están allí para obedecer ciegamente a un Ser Supremo bajo la amenaza permanente de no aprobar.

Que las aulas y los institutos deben ser espacios agradables, abiertos, donde el alumno esté a gusto y quiera pasar horas allí.

Pero nada de esto se contempla en la enésima Reforma educativa española.

Otra oportunidad perdida.

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