De cuando los ingleses (también) se asentaron en Cabo de Palos

Autorización a Juan Sánchez Blaya para la construcción de una casa en Cabo de Palos en 1898.

Con la documentación y legajos con que contamos nos resulta imposible determinar, a fecha de hoy, cuándo un pequeño poblado pesquero con un impresionante faro se convirtió en el lugar de veraneo por excelencia de las clases pudientes cartageneras nacida al calor de la minería y otras industrias cartageneras.

Pero tenemos algunos indicios para ubicar el momento.

Por ejemplo, en un artículo de Manuel Pérez Lurbe, publicado en la revista Cartagena Artística el 10 de enero de 1891, señalaba Cabo de Palos como un lugar idóneo para descansar lejos del bullicio:

-“…qué grata es allí la existencia: rodeado de fértil y hermoso césped; lejos del bullicio y turbulencia de los grandes centro de población; sin más compañero que el silencio que interrumpe tan solo el vuelo de las aves acuáticas; el eco repetido de las olas que rompen incesantemente en la orilla lamiendo su menuda arena y pausado canto del pescado acompañado del crujir continuo de su frágil navecilla”.

Ello ya presupone cierta infraestructura de descanso en Cabo de Palos o, al menos, cierta idea de ser un lugar perfecto para relajarse. Aunque en el Derrotero General del Mediterráneo de 1893 continúa llamándose “La Barra” el núcleo pesquero sin mención expresa a casas de veraneo.

Pero el 24 de agosto de 1900 un poema publicado en Diario de Murcia dedicado “A las que veranean en Cabo de Palos” ya permite confirmar que durante los últimos años del siglo XIX tuvo que conformarse la idea de ser un sitio perfecto para pasar el verano.

Y, efectivamente, en verano de 1902 aparece, por fin, datos inequívocos con un completo programa de fiestas (que publicaremos en otra ocasión):

“Hemos tenido ocasión de admirar el magnífico y artístico cartel anunciador de las suntuosas fiestas que este año han de celebrase en el vecino paraje denominado Cabo de Palos, lugar delicioso donde acude todos los años en la temporada de verano, lo más selecto de toda la provincia.

En el programa figuran escogidos números tales como Diana, Verbenas, Tómbolas y Kermesses, inauguración del Teatro Circo, procesión, carreras de caballos, fuegos artificiales, corridas de toros con la mismísima ‘Doña Tancreda’, y cuatro días de Juegos florales.”

O en 1904 donde otro artículo vuelve a recordar las excelencias del pueblo mencionando las casas de las familias veraneantes y su obligada estacionalidad estival:

“Las calas pequeñas, serenas, frescas de Cabo de Palos, con su cinta de casitas de recreo… …tienen un ambiente suave, idílico, al lado de la febril actividad de la ruda labor minera de la Sierra.

Bordeando los montes un caminejo lleva desde estos pueblos febriles hasta la dulce tranquilidad de la orilla salobre… Al trajín de las recuas cargadas de mineral, y del ferrocarril cargado de plomo, sucede el lento vuelo de los barcos de pesca y el solemne andar de los buques que cruzan, rozando casi las rocas bajo el faro.

El horizonte, limitado aquí por la cresta de la Sierra coronada de chimeneas, allí se ensancha hasta la línea tenue en que se funde mar y cielo.

Una ascensión al faro de Cabo Palos enseña á la vista atónita por la grandeza del paisaje… …a ambos lados del promontorio, corroído por los embates del temporal, se extienden las lindas casas de las familias veraneantes. Hacia el centro… …un modesto pueblecillo de pescadores, maneja sus industrias primitivas, secando al sol, junto á la puerta, sus redes y varando en la arena, frente á la casa, sus botes.

A la derecha del cabo, mirando de la tierra al mar, la costa se pierde en accidentado giro. A la izquierda reverbera al sol el Mar Menor, cerrado al Mediterráneo por la faja blancuzca.

Con el otoño se inicia la desbandada de veraneantes y en Cabo Palos quedan solos los pescadores y el mar, en lucha peligrosa y continua.”

Dos años más tarde José Martínez Tornel , en un artículo publicado en El Liberal, canta las excelencias de Cabo de Palos afirmando que, allí, “solo pueden ir a veranear más que los favorecidos de la fortuna…»:

“El sitio más delicioso de toda esa accidentada costa de Levante, es Cabo de Palos. Si yo pudiera irme á él, como gobernador, como se ha ido D. Lucas Sanjuán, mi respetable amigo, no vacilaría. Aquello es archi y super. El cabo y el faro son dos cosas admirables. El primero –como dicen los libritos de geografía- es una punta de tierra que se interna en el mar. Pero hay puntas y puntas. Aquella es como la de una lengua sedienta, de la propia tierra, que buscara mar adentro la frescura de las aguas. Todo aquel conjunto grandioso y desordenado de riscos, de montículos, de vueltas y revueltas, de recodos y ensenaditas, que al parecer han quedado entre mar y tierra, por una sacudida volcánica, es de lo más pintoresco que en el mar, cabe el mar y enfrente del mar puede concebirse. Hay un pedazo de mar redondo, que parece una inmensa concha; hay una playa recta muy baja, muy arenosa, sin muro ni dique, desde la cual se ve un horizonte azul inmenso, hacia el lado por donde sale la luna en estas noches incomparables; y entre esta playa y la concha de que antes he hecho mención, el Cabo, el hermoso Cabo de Palos, del cual se puede decir, cuando por él se pasea, con olas á un lado y á otro, que es el mismo mar, porque mar es lo que se respira y lo que nos envuelve y acaricia ó azota, aunque sin agua.

Pero allí no pueden ir á veranear más que los favorecidos de la fortuna, los que se han hecho allí buenas casas para vivir y hasta un bonito casino para pasar el rato y pueden mandar todos los días á Cartagena por víveres y vituallas. Casas nuevas, había hace tres años que yo estuve, lo menos treinta; sobresaliendo entre ellas el palacio de D. Antonio Espinosa, magnífico por la suntuosidad y la situación.

Hoy otra casa muy bonita de un caballero inglés, cuyo nombre no recuerdo, el cual ha construido una capilla católica y sufraga una misa todos los días de fiesta para que no se queden sin oirla los que cumplen con ese precepto eclesiástico.

Cerca de esta capilla ha hecho una cómoda y bien orientada casa el médico D. Ponciano Maestre, para su familia y para las Hermanas de Caridad del Hospital y Asilos de La Unión.”

Y llegaron los primeros ingleses a Cabo de Palos
Ahora bien ¿fueron los boyantes empresarios de la alta sociedad cartagenera los únicos que disfrutaron de Cabo de Palos a principios del siglo XX?

Al parecer no.

Según otro artículo publicado en El Noticiero, en noviembre de 1931, había en esa época un proyecto para construir un hotel en Cabo de Palos que iban a llamar “Hotel Heywoord”, en honor a uno de los primeros pobladores de la colonia inglesa asentada en Cabo de Palos cuando muchos de ellos acabaron en Cartagena trabajando para la Sociedad Española de Construcciones Navales a partir de 1907.

De hecho, Andrés Barceló, en agosto de 1941 ahonda aún más en la colonia anglosajona que se asentó allí junto a los “lugareños” afirmando en El Porvenir…

“Yo, que con suerte, tolero el calor mejor que el frío, reía con cierta compasión al ver sudar la ‘gota gorda’ a los británicos que como expertos operarios vinieron a esta ciudad para dirigir los trabajos de construcción de buques para la primera nueva escuadra.

Aquellos místeres, mientras no se aclimataron a los calores de Cartagena, pasaron el ‘pulgón’, sudando la ‘pez negra’.

Traté amablemente a varios ingleses, Mister Carric, Mister Feción, Mister Gous, y otros; todos buenos amigos, inteligentes; pero muy calurosos.

La primera palabra que aprendieron en castellano a su llegada fue ¡¡mucho calor!!, menos mal, que como eran buenos nadadores, las horas de descanso las pasaban en el mar; como estaban obreros y empleados bien remunerados, se permitían el lujo de su comunidad tener instalada una casa en Cabo de Palos, donde pasaban los permisos y días festivos.”

La colonia tenía por costumbre celebrar una «comida de hermandad» en el poblado todos los noviembres de cada año siendo, la que se celebró el domingo 14 de noviembre de 1920, una de las primeras documentadas.

Diario de La Manga, 20 de octubre de 2015

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