Así nos va

Catectizar un objeto es dotarle de un valor subjetivo al margen del valor (real) que tenga. El truco fue usado inicialmente por avispados líderes para cohesionar pueblos durante los primeros asentamientos logrando para su provecho que estrellas, trozos de tela o estatuas religiosas generaran reacciones emocionales primarias en las personas.

El sujeto, si no entra a cuestionar este valor añadido ofrecido por el líder interesado en mantener esa fantasía emocional, queda atrapado en esa proyección.

De esta forma el pobre “vasallo/súbdito/feligrés” traslada fuera de sí la capacidad de control de esa emoción.

Cede, a quien ha sabido crear ese vínculo, la capacidad de usar el objeto para activar esa reacción emocional en el sujeto de forma primaria, no razonada, y cuando quiera. Surge un vasallo/súbdito/feligrés defendiendo algo sin saber porqué «pero lo siente”, beneficiando a un tercero interesado en provocar esas reacciones viscerales.

Lo manipulan pero el hombre está encantado convencido de estar haciendo lo correcto.

Es un mecanismo muy primitivo que aún cohesiona pueblos, que siguen usando las religiones para mantener su influencia sobre la colectividad (por eso necesitan “implantar” los códigos desde niño a través de toda la imaginería y ritos ancestrales inventados y cuya efectividad queda supeditado a que no se pongan en duda esos dogmas por muy alejados del sentido común que estén) y que, como se observa, siguen usando los líderes laicos cuando el partido de turno no lograr usar la razón para captar seguidores.

Normalmente al líder político también se le atribuían catexias irracionales (España tuvo a un Caudillo “por la gracia de Dios”, a la altura de los faraones egipcios) pero los estrategas del marketing político occidental tienden a no jugar con esas emociones al considerarse desfasadas y primitivas y con poco calado entre la gente culta.

Menos en España, donde la masa social es terriblemente inculta y con una ausencia completa de instrumentos para gestionar sus emociones. En este país, como en el resto de países norteafricanos, la irracionalidad se considera una virtud, y objetivar la relación con los objetos, una herejía ofensiva que no debe consentirse.

En España la ignorancia de estas catexias es un sello de identidad.

Y así nos va.

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